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Síndrome de la impostora


Hace unos días pensaba en lo afortunada que era de tener amigas a quienes admiro un montón y además me motivan mucho para cumplir mis propias metas. Amigas a las que yo considero muy talentosas y llenas de pasión cada vez que charlamos de nuestros sueños y proyectos profesionales. 

Sin embargo algo que he podido notar en cada una de ellas y que de igual manera lo he visto reflejado en mí, es una semilla de desconfianza que un día se nos sembró sin que nos diéramos cuenta. 

 

Es como tener un shot intenso de motivación, y de repente de un día a otro ahogarnos en nuestras propias dudas.

 

He sido testigo de ver amigas con negocios con mucho futuro y también otras con  buenos puestos dentro de corporativos, y aún así verlas dentro del sentimiento de fracaso. 

 

La realidad es que yo he sentido en mis propios huesos la semilla del fracaso, conozco ese lugar de postergación, donde nunca me siento lista para iniciar mis  ideas, y llevarlo hasta áreas tan personales como mis relaciones por creer que tarde o temprano fallaré.

 

Te diré que vivir con esta semilla es como traer unos zapatos demasiado ajustados, que nos dejan ampollas y tenemos un largo camino por terracería. Es difícil, doloroso y también nos impide el crecimiento de una forma más colectiva entre mujeres. Y con esta metáfora te digo que esos zapatos son nuestra gran desconfianza instalada y la terracería es el machismo al que nos enfrentaremos en nuestra vida.

 

Somos la generación de mujeres que han salido de su casa en busca de sus pasiones, pero desgraciadamente no hemos podido alcanzar estadísticamente a los varones en posiciones de poder. Seguimos sin materializar nuestra pasión, como si se tratara de un hobbie y no necesitáramos tener una economía que nos sostenga para vivir dignamente. En cambio en ellos “parece” que naturalmente sus pasiones pueden transformarlas fácilmente en lo que sostiene su autonomía y reputación.

 

Esta semilla cuando crece tiene un nombre: Síndrome de la impostora

 

Es esa sensación de no creer que tienes talentos, habilidades, aptitudes, en donde todo lo que has logrado ha sido por suerte o por azar. Sentir que todo lo que haces no es suficiente, siempre se puede hacer mejor. Creer que alguien más merece lo que tienes. De tener que esforzarte el doble para que los demás no se den cuenta que eres una farsante sin talentos o simplemente renunciar para que nadie se de cuenta de que estabas a punto de  fracasar.  Y justo de aquí nace todo:  sentirte una impostora.

 

La propia Michelle Obama admitió tener una impostora en su vida:

“Aún tengo algo de síndrome de la impostora; no se acaba nunca, ni siquiera en este instante en que ustedes me van a escuchar; no me abandona, este sentimiento de que no deberían tomarme en serio. ¿Qué sé yo? Lo comparto con ustedes porque todos dudamos de nuestras capacidades, de nuestro poder y de qué es ese poder.”

Un mundo de hombres sembró a nuestra impostora.

Si regresamos a nuestra historia, la de las mujeres, podemos ver que nada ha sido gratis. A nuestras antecesoras les costó mucho, muchísimo obtener los derechos que disfrutamos hoy en día. 

Nuestra historia es dolorosa, hemos vivido siendo las coprotagonista de la historia de la humanidad, decía Simone Beauvoir “El segundo sexo”. Los hombres descubrieron, crearon, lograron… y nosotras con los cuidados en el hogar.

 

Sin embargo, siempre han existido mujeres inventoras, creadoras, pensadoras y escritoras, el problema es que nadie nos habló de ellas.

 

Diciendo esto no te parece lógico que tengamos esta semilla que se ha pasado de generación en generación por falta de referencias. Por crecer sin saber de dónde venimos y lo que costó estar donde estamos. Me parece que por eso el feminismo empodera, porque no hace conscientes de una historia de indignación, pero también llena de mujeres valientes que desafiaron su contexto para darnos lo que hoy podemos disfrutar.

 

Tal vez, me digas “Yomalli, eres una exagerada, los hombres también sufren de desconfianza”. Y sí tienes razón, solo que a ellos se les desarrolla de diferente manera y en otras áreas de su vida, áreas que a veces nos son necesarias para mantenerse autónomos dentro de este mundo capitalista. 

 

Te diré un dato que me pareció doloroso, pero por otro lado no me sorprendió: un informe encargado por Access Commercial Finance en Reino Unido dio a conocer que el 86% de mujeres de 18 a 34 años confesó haber dudado de sus aptitudes y talentos, de creer que sus logros habían sido por pura suerte.

 

Este número tan grande no es casualidad, hay más profundidades que albergamos las mujeres. Nuestra educación, la mirada con la que somos vistas y las expectativas que debemos de cumplir como mujeres son aspectos que a veces se nos meten hasta las entrañas sin darnos cuenta y han hecho germinar nuestra desconfianza.

 

Las expectativas nos consumen.

 

Esta idea distorsionada de nosotras suele sostenerse a base de las expectativas, es decir, entre más alta es lavara en la que te mides, más vulnerable eres a caer en este patrón de impostora. 

 

No solo se trata de que tan altas o bajas tienes las expectativas sobre ti misma, sino también quién te las escribió, en dónde las escuchaste y de quién. ¿Realmente nacen de ti? O son expectativas que nacen de tus padres, tal vez de tu entorno significativo u ¡ojo! de los estereotipos de género.

 

Las expectativas impuestas en nuestro género pueden ser muy potentes, porque a veces salir de ellas tiene un precio social como el juicio y el rechazo. Si entendemos que los únicos atributos natos de las mujeres tiene que ver con la crianza y cuidados, imaginate lo que es para muchas de nosotras creernos que también podemos ser grandes líderes. 

 

He conocido mujeres brillantes consumidas por las expectativas. Mujeres que creen que deben llegar a todo, a lo laboral y en lo personal. Mujeres que deciden sacrificar su vida profesional por la vida en el hogar. Mujeres con grandes talentos incapaces de reconocerlos porque escucharon que las mujeres solo servían para la cocina. Mujeres con gran potencial de liderazgo que se retiraron porque fueron etiquetadas como mandonas e histéricas.

 

Parece mentira pero es real, seguimos cargando fantasmas que no tienen nada que ver con lo que realmente somos, y nuestra dura tarea es revisar la mochila que llevamos en la espalda y decidir que es nuestro y que no. Tal vez ahí nos demos cuenta que no somos mandonas, somos líderes. Que no somos sensibles, somos humanas. Que no somos impostoras, solo somos mujeres cargando una historia devaluada y sin referentes, con nuestras propias anécdotas dolorosas personales buscando nuestra autonomía.

 

Deja de pelear contra ti misma.

 

De nada sirve culparte por sentirte como te sientes, de juzgarte por no lograr lo que quieres o por saber que eres tú tu propia saboteadora. Eso solo aumenta el nivel de estrés en tu vida y es como dar guerra a un monstruo que va a pelear a morir.

Lo que hoy te voy a aconsejar es que te dejes sentir la experiencia saboteadora sin pelea, sólo así desde la compasión,  observación y escucha a ti misma. Así  podrás entender cómo funciona tu impostora y cómo poner límites cuando el miedo la active.

 

  1. Observa y pregúntate: ¿Qué la activo?. Pueden ser experiencias, comentarios o personas.  En qué situaciones sale tu impostora y de qué o quién se siente vulnerable. 
  2. Escúchate. ¿Qué palabras te dice tu impostora cuando llega?. Conoce las creencias que hay detrás.
  3. Autocompasión. Aquí te contaré una experiencia que viví hace unas semanas cuando decidí cambiarme de Universidad. Estaba con una amiga contándole que me sentía muy bajoneada por dejar la universidad y que me sentía muy “mediocre” por no concluir mis estudios. Ella me paró y me dijo que odiaba la palabra mediocre, que no le gustaba escucharla. Me contó que una expareja le había llamado mediocre y escucharla la llevaba a esa experiencia. Cuando me contó lo que vivió yo me sentí super indignada que alguien la haya llamado así, fue ahí cuando sentí la fuerza de la palabra “mediocre” y lo insano que era expresarme así abiertamente de mí misma.

 

Lo que te vengo a decir es que la autocompasión nace de la observación de ti misma y de la empatía que te genera todo lo que observas de ti. Si me causa indignación que a mi mejor amiga le digan “mediocre”, por qué  no me causa lo mismo escucharlo de mí misma, tal vez porque nunca me había parado a observar y sentir la fuerza de mis pensamientos.

 

1. Date cuenta. Tú no eres tu impostora y esa voz cruel que escuchas no es una realidad. Por eso es tan importante la observación para darte cuenta del momento en el que está llegando tu impostora e identificar que no eres tú, es tu miedo a no ser suficiente. Ya te digo que saber que no eres tú ya es un paso enorme.

2. Comprueba tu realidad. ¿Estudiaste para ese examen?, ¿Tienes los estudios y experiencia para ese trabajo?, ¿Te han dicho que eres buena para ciertas actividades? Recauda toda información que confirme que la que miente no eres tú es la impostora que llevas dentro. 

3. Do it. Hazlo aún con miedo o culpa. Si no lo haces solo le mandaras señales a tu impostora de que tiene razón y te lo recordará con una culpa enorme eternamente.

 

Estos son algunos consejos generales que pueden servir, pero por supuesto que habrán recursos más personales para cada una de nosotras. Así que hoy quédate con esto y si sientes que no logras llegar a ninguno, tranquila que la búsqueda no empieza ni termina aquí como tampoco los síntomas se van de un día a otro. Todo proceso personal requiere tiempo, paciencia y mucha compasión.

 

Hoy te digo que merecemos liderar, enseñar, generar dinero, triunfar y tener una vida profesional rica y desarrollada sin ninguna culpa, miedo o distorsión.

Así que te dejo unas palabras que pueden contraponer a tu impostora: Tranquila, estás aprendiendo. En los aprendizajes siempre habrá equivocaciones. Hoy estás descubriendo. Estás explorando. Estás a-p-r-e-n-d-i-e-n-d-o.


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